Hasta hace no tanto, disposiciones explícitas prohibían a las mujeres embarcar en los grandes navíos. La cultura naval —uno de los territorios más fértiles de la mitomanía patriarcal— las expulsó durante siglos de sus feudos líquidos. Pero, al mismo tiempo, los hombres de mar colmaron esa ausencia con leyendas e imágenes modeladas a la medida de sus sueños y prejuicios.

“¿Qué aspecto tienen las mujeres cuando estas no están?” se pregunta Jorge Luis Marzo en su sugerente ensayo Tristes pupilas: vida y muerte de las mascaronas de proa (Sans Soleil Ediciones).
El título es jugoso, en cuanto explota la ambivalencia del término latino pupilla, diminutivo de pupa («muñeca»), y heredero del griego kóre, que designaba tanto a la menor bajo tutela como a la pupila ocular. La pupila es, literalmente, la “niña del ojo”: la figurilla suspendida en el punto negro del otro y que solo existe para quien la mira.
En esta constelación semántica, “pupila” condensa la imagen tutelada de lo femenino como espejo de la psique masculina y la idea de grandes ojos visionarios. Los mascarones de proa debían conjugar la función protectora o apotropaica con la dimensión libidinal.

Son «pupilas tristes» porque el destino de estas muñecas de madera errantes es trágico y su existencia, efímera. Son títeres y, al mismo tiempo, pupilas dilatadas que nunca se cierran. Presienten la catástrofe antes que nadie, como los oculi pintados en las embarcaciones antiguas.
Óculos, redondos y sabios como los ojos de la lechuza de Atenea, diosa de la inteligencia y de la técnica. Ayudó a contruir Argo (el barco de los Argonautas), que aparece representado en la cerámica ática con sendos ojos pintados en la proa, mirando al horizonte, adelantándose a los acontecimientos.
Los óculos de las embarcaciones griegas preceden simbólicamente a los ojos proféticos de los mascarones. Pero en el caso de la nave Argo, los mascarones están prefigurados también en el madero sagrado y parlante que Atenea colocó en el barco para guiar a los héroes hasta el vellocino de oro.

Era Zeus el que hablaba a través de este tronco mágico, haciendo de él un objeto de ventrílocuo, del mismo modo que después será la empresa colonial la que hablará a través de los mascarones mudos, a los que Marzo llama “tarjetas de visita del capitalismo marítimo”.
A Atenea se le concede la prerrogativa marítima a pesar de ser mujer porque su misión es salvaguardar el status quo. Diosa guardiana, al proteger la polis preserva también los roles de género. Mantiene a rajatabla el ideal masculino de feminidad, convirtiendo en monstruas a las doncellas que considera demasiado voluptuosas, como Medusa, o arrogantes, como Aracne.

La mitología griega enfrenta así a las mujeres garantes del orden contra las que osan transgredirlo. Las hechiceras como Medea y aquellas que reclaman soberanía sobre su deseo, como Casandra, serán castigadas.
En el escenario marítimo, esta dualidad entre “buenas” y “malas” se proyecta con especial fuerza: el mar engulle hasta sus regiones abisales a las criaturas más peligrosas (las sirenas griegas, la Sedna inuit, la Rán vikinga), al tiempo que fija en el tajamar de los barcos a puritanas como Artemisa o ideales de fidelidad conyugal como Penélope.
Pero no fueron solo diosas o heroínas las inspiradoras de las tallas de proa. Durante el siglo XIX proliferaron los retratos idealizados de esposas e hijas de armadores y capitanes, cristalizados en figuras de muchachas recatadas con ramos de flores o en encorsetadas damas victorianas. Junto a esta imagen beatífica de la «buena mujer», se tallaron con igual fruición mascaronas de grandes pechos al aire, inspiradas en prostitutas y vedettes del momento. Las bien portadas frente a las bien dotadas, podríamos decir.
Marzo se centra sobre todo en los mascarones decimonónicos porque en esta centuria la imaginería naval conoció su máximo esplendor en cuanto capricho creativo, folclore y superstición. Y, como suele ocurrir, su apoteosis llevaba ya en germen su desaparición.

“Los principios de la dinámica de fluidos están presentes en los motores y en los oráculos”, escribe Jorge Luis Marzo en un capítulo medular del libro: La regla que detiene la tormenta. En él, pone a dialogar las ruedas dentadas de las turbinas y la cabeza de la Medusa con sus serpientes sibilantes; y establece relaciones metafóricas entre el trípode vaporoso sobre el que se sentaba la pitonisa para canalizar los poderes telúricos y la primera máquina térmica descrita por Herón de Alejandría (también sostenida por un trípode y animada por vapor).

“Domar lo acuoso” ha aunado desde siempre técnica y mito: “convertir el remolino en turbina”, el flujo en rendimiento. Entre el oráculo y la máquina de vapor no hay una ruptura. Participan de unl mismo programa: sustraer a la naturaleza su carácter imprevisible y disciplinarla. En el Oráculo de Delfos, el soplo telúrico atravesaba el cuerpo de la pitia y se transformaba en palabra profética; la modernidad industrial convierte ese mismo fluido en fuerza productiva.
La narrativa técnica feminiza lo dominado: lo acuoso —asociado a lo cambiante, lo emocional, lo femenino— debe ser penetrado, encauzado, explotado para generar riqueza. El aparato naval desplegó así un “régimen neo-oracular” propio, con sus mascaronas y demás dispositivos mágicos para “detener las tormentas” y garatizar así la travesía comercial. Razón instrumental y superstición siempre fueron de la mano. Los flujos femeninos funcionaron a la vez como amenaza y como talismán: la menstruación se consideraba contaminante y, al mismo tiempo, aplacaba temporales.

Con el auge finisecular del espiritismo, las médiums parecen parodiar y resemantizar la escena délfica dejándose atravesar por voces y fluidos invisibles. Es como si las mujeres solo pudieran ser escuchadas adoptando un papel mediúmnico: siendo portavoces de instancias ajenas.
Pero las médiums no eran ingenuas, nos viene a decir Marzo: se sirvieron del performance y lo falsario como estrategia de intervención pública, de un modo similar al de aquellas exploradoras y aventureras que se disfrazaron de hombres para poder navegar.

Y, hablando de dejarse atravesar por voces ajenas, el propio autor de este ensayo también tiene algo de pitoniso porque escribe desde la escucha. Ha optado por sentarse él también sobre las grietas de un suelo sulfuroso, el que abrieron autoras que decidieron tomar la palabra. No es que Marzo renuncie a articular una tesis propia ni que entre en trance escuchando a sus céfiras (Helene Cioux, Luce Irigaray, Adriana Cavarero…), pero las voces de ellas se integran en su argumentación con la naturalidad del viento que hace posible la travesía.
reseña de Anna Adell
