Del Lagrace Volcano Mo B Dick Half & Half 1998

Revolución pansexual

Como artista visual accedo a las tecnologías de género para amplificar antes que borrar los trazos hermafroditas de mi cuerpo. Yo me nombro a mí mismo. Un abolicionista del género. Algunas veces, un terrorista del género. Una mutación intencional, un intersex por diseño propio (como oposición explícita al diagnóstico), en busca de distinguir mi viaje de los miles que dibujan otrxs intersex que sufrieron sobre sus ‘ambiguos’ cuerpos mutilaciones y desfiguraciones en un intento erróneo de ‘normalización’. Creo en cruzar la línea tantas veces como sea necesario hasta construir un puente por el que todxs podamos caminar.” Del LaGrace Volcano.

Del LaGrace Volcano Self Portrait Collaboration with Gerard Rancinan II Paris 2004
Del LaGrace Volcano Self Portrait Collaboration with Gerard Rancinan II Paris 2004

Sade fue probablemente el primero en explorar en el ámbito literario la fuerza transgresora del hermafrodismo para hacer estallar la demarcación social en el comportamiento sexual. En las orgías de convento las féminas son autosuficientes para proporcionarse placer sin intervención masculina, no sólo por el uso de consoladores, sino también por la sobredimensión de algunos clítoris, como el de Volmar, que sodomiza a Juliette como si de un pene se tratara.


En las antípodas del lenguaje libertino del Marqués encontramos otra historia de concupiscencia intersexual eclosionando entre muros de convento, pero narrada en primera persona por alguien que sufrió el estigma de la indefinición anatómica. Las memorias de Herculine Barbin fueron rescatadas por Michel Foucault, quien en el prólogo de la autobiografía de este hermafrodita nos pregunta: “Verdaderamente tenemos necesidad de un sexo verdadero? Las sociedades del Occidente moderno han hecho jugar obstinadamente esta cuestión del sexo verdadero en un orden de cosas donde solo cabe imaginar la realidad de los cuerpos y la intensidad de los placeres”.

Herculine vivió como niña hasta que sus frecuentes devaneos amorosos con compañeras del internado llevaron a médicos y curas a re-examinar su cuerpo y su alma. Su anomalía genital y el escándalo que sus inclinaciones suscitaban en el entorno llevaron a sus mentores a separarla de su amante. De un día para otro la obligaron a cambiar el estatus legal de sexo, su comportamiento y su vida. No lo aguantó y se suicidó poco después de concluir sus memorias.

Herculine Barbin. Cover of 1980 edition
Herculine Barbin. Cover of 1980 edition

Barbin vivió en plena era victoriana, época en que la medicina y la moral se alían en su cruzada contra lo no normalizable: identificar, catalogar, clasificar… son instrumentos del biopoder, siguiendo la terminología foucaultiana. En una sociedad que relega la sexualidad al ámbito de la procreación, la idea de la mezcla de sexos en un solo cuerpo despierta inquietud al avistarse en ello los fantasmas de vicios inconfesables. La intersexualidad engrosa así la lista de perversiones que deben ser vigiladas y castigadas.

Habrá que esperar hasta los años setenta del siglo pasado para que cobren fuerza iniciativas que pulverizarán la exclusividad del régimen binario. Judith Butler dará respaldo teórico al sujeto queer, aquel que ya no se identifica con el feminismo esencialista ni con el reclamo de gays y lesbianas de ser reconocidos dentro del sistema patriarcal tradicional.

Feministas disidentes, transexuales, trabajadoras del sexo… salen a la calle e incorporan en sus proclamas el lenguaje vejatorio con el que son vapuleados, transformando el insulto en legitimación.

El género es una construcción política, decía Butler, sustentada sobre la repetición de códigos de conducta. Los movimientos transgénero y las prácticas posporno han llevado estas reflexiones al terreno sexual parodiando los roles naturalizados según parámetros heterosexuales, desplazando el erotismo hacia zonas no prescritas como erógenas, diluyendo las identidades cerradas.

Beatriz Preciado (hoy Paul B. Preciado) escribió Testo Yonqui bajo los efectos de testosterona auto-administrada para desacreditar la identificación social de esta hormona con la libido masculina. Este ensayo, en el que la autora analiza el modo en que la industria farmacológica contribuye a subrayar los estereotipos de género (por ej., la píldora anticonceptiva feminiza el cuerpo), toma también forma de diario íntimo de una mujer que está sintiendo cómo su sexualidad explosiona en múltiples direcciones por efecto del tratamiento hormonal, trascendiendo las limitaciones de género.

La figura del andrógino sigue siendo un ideal de completud en un mundo donde se nos obliga a situarnos en uno de los lados de la cancha de juego, a riesgo de ser eliminados si osamos cruzar la línea. La reconstrucción quirúrgica de bebés intersexuales, los test psiquiátricos a los que debe someterse un adulto para cambiar de género, las barreras arquitectónicas a los sujetos transexuales… todo apunta que la sociedad normalizada seguirá siendo binaria o no será.

Anna Adell

Accede al primer capítulo de este monográfico: Androginia y derivados

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