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Terribles nínfulas, con o sin smartphones

Primer acto: un paciente tumbado en una cama de hospital, inmovilizado entre prótesis y mantas, al que atienden (desatienden) enfermeras de labios carmín y ceñido vestuario, ajenas al progresivo empalme del inválido. Esta escena sintetiza el germen de la imaginación bullente de Stu Mead, quien pasó parte de su infancia postrado a causa de una enfermedad que ha lastrado toda su vida su relación con las mujeres.

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Stu Mead. Hospital honeys

Franco en palabras tanto como en imágenes, Stu Mead no se escuda tras justificaciones artísticas y declara abiertamente los fines masturbatorios de sus pinturas. Focaliza su arte en niñas prepúberes, pero estas tienen más de sujetos deseantes que de objetos de deseo.

L. Quiles
Luis Quiles

Similar franqueza denota Luis Quiles cuando afirma que lo que le pone es dibujar tetas y culos. En su interpretación gráfica de un mundo depravado también otorga un papel protagonista a adolescentes cachondísimas, sumisas a la par que poderosas.

Stu Mead es siempre el protagonista último de sus cuadros clínicos: no sólo como voyeur (escondido tras un árbol, mimetizándose con un espejo o disfrazándose con piel de oso), también identificándose con el estallido de placeres perversos en los cuerpos insaciables de terribles nínfulas.

Campesinas en fábulas picantes, súcubos de cuentos góticos o colegiales en clase de música, conducen por diferentes escenarios la libido masculina, que se rinde a los encantos de su inocente perversión. Ninfas del bosque observadas por ojos saltones de lechuzas, espiadas por chivos tañedores de flautas, invitan a estos animales a la sala de estar, donde se desvisten al calor del hogar, ofrecen su pompis a gallinas picudas u osos de peluche, o restregan su desnudez contra lomos equinos.

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Stu Mead. Menagerie

Igualmente esquiva es la postura de Luis, feminista y misógeno a partes iguales. Pero el suyo es un arte menos confesional y más político, más rabioso y menos soñador. Bocas selladas ante un coro de micrófonos, obligadas a engullir hamburguesas de mcdonalds o fajos de billetes: la falacia de la libertad de expresión y del ser dueñas del propio cuerpo se pone en evidencia en viñetas lacónicas en las que tragar, callar, acuclillarse, es norma. Imágenes de sumisión femenina como correlatos del imaginario porno más machista.

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Luis Quiles

Esvásticas, cruces y logos devienen símbolos intercambiables en el lenguaje iconoclasta de Quiles, con el que expresa la veta fascista que subyace al fanatismo pop, a la idiotización de los jóvenes promovida por la industria del entretenimiento para garantizar el avance del necrocapitalismo sin oposición crítica.

La imagen de niñas lamiendo smartphones en grupo niñas o recibiendo en sus lenguas babeantes likes de facebook e instagram como si de hostias consagradas se tratara, nos recuerda aquella otra de Stu Mead en que los curas quedan desconcertados ante la ardiente devoción con la que sus feligresas succionan la sagrada forma.

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Stu Mead

Mientras que Quiles arremete contra la hipocresía de Disney ( (por ejemplo, respecto al sexy atuendo de Leila) y contra todo tipo de proselitismo

e idolatrías (incluso los ídolos de resistencia como el que representa la máscara de Gay Fawkes), los interiores ingleses con chimeneas y la erotización de los instrumentos musicales por parte de Stu Mead son guiños irreverentes a Balthus. La sexualidad latente de las adolescentes balthusianas explosiona hasta extremos que parecen caricaturizar las teorías freudianas sobre las fases libinales de la infancia: actos incestuosos, coprofagia, traumas edípicos (niñas defecando y meando en la tumba de su padre)… Los recitales escolares devienen espectáculos de strip-tease, los zombies se desperezan del sueño eterno al ser regados por orina de bailarina, y las estatuas de piedra cobran vida ante tanta belleza desnuda.

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L. Quiles

Las de Stu Mead son hadas despistadas a cuyo paso el entorno se transforma a pesar suyo, por el simple poder de la imaginación, aunque su séquito no es de duendes sino de perros babosos y diablillos de lenguas fálicas. Las de Quiles comparten ese hedonismo núbil capaz de transmutar el suelo que pisan, de customizar los objetos cotidianos para adecuarlos a la medida de sus placeres. Pero ya no son nínfulas campestres sino féminas informatizadas, adictas al selfy, y como el resto de nosotros, marionetas movidas por manos cuyos dueños se mantienen en la sombra.

Anna Adell

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