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Mujeres sádicas, del mito al estereotipo

De Quincey disertó sobre la posibilidad de estudiar un asesinato como si del análisis de un cuadro o una escultura se tratara, obviando los aspectos morales del mismo. Nuestro poso mórbido se revela en tales situaciones, ante la fascinación incómoda que nos despierta el sadismo.

Una extensa galería de mujeres sádicas salpica la Historia de sexo y sangre, mezclándose la crónica y la elucubración literaria. El personaje real se enriquece de atributos míticos, y el aura que preserva la luz de estas damas legendarias crece en medio de tinieblas que ellas mismas levantan.

Contes immoraux
Contes immoraux. Walerian Borowcyk

Un caso paradigmático es el de Erzsébet Báthory, la condesa húngara a la que se atribuyen centenares de muertes de doncellas que acogía en su morada, un reino de lóbrega lujuria donde el género masculino quedaba excluido. La condesa sangrienta ha inspirado una retahíla de ensayos, novelas y películas, desde el experimento metaliterario de Alejandra Pizarnik (a partir del documento poético de Valentine Penrose) hasta el episodio fílmico que le dedica Walerian Borowczyk en sus Cuentos Inmorales, pasando por invenciones noveladas en las que el modelo inspirador no pasa desapercibido, como la Bathory a la castellana de Pilar Pedraza en La fase del rubí.

Santiago Carusso illustr.
Santiago Carusso illustr. Blood countess

La mayoría no va más allá del acercamiento esteticista: los fotogramas del corto de Borowckyk podrían confundirse con los performances de Vanessa Beecroft; la anécdota histórica es solo una excusa para explayarse en coreografías lésbicas escenificadas en estancias palaciegas.

Pizarnik, en cambio, supo deslizar el ejercicio estético hacia la indagación filosófica, escarbando con finas tenazas en las llagas abiertas por la demencia, adentrándonos en un espacio especular, alucinado, sin tiempo, pues el ritmo lo marca el ritual macabro, ritos de paso en los que la pérdida de virginidad y de vida van a la par.

Octave Mirbeau
Florence Lucas illustr. Le jardin des supplices

Más indulgente fue Pedraza con su Imperatriz, hermoso monstruo capaz de inmensa ternura hacia sus criaturas, aunque tarde o temprano pasaran a engrosar la colección de muñecas embalsamadas en la cripta de su harén.

Quien caló más hondo en el refinamiento del que es capaz el alma humana cuando la crueldad excita la lujuria fue Octave Mirbeau. Le jardin des supplices fue un alegato contra la hipocresía de las sociedades occidentales, que ocultan su instinto sádico dándole salida mediante subterfugios legales o ideológicos: el comercio colonial, la xenofobia… El personaje de Clara es la antítesis a esa hipocresía. Visita semanalmente el penal chino en cuyo jardín se practican sofisticadas torturas ante cuya fruición alcanza el éxtasis.

Entre oscuras mazmorras y exuberantes jardines se pasea también la aristócrata inglesa Lady W. en Le Park, calco posmoderno de aquella Clara de felina mirada. Bruce Bégout sintetiza en una isla privada el futuro del entretenimiento, augurando un grotesco parque humano con altas dosis de espectáculo, riesgo, sexo, sordidez y simulacro.

Le parl Begout
Bruce Begout, Le park

La atracción preferida de Lady W. es el reptilarium, donde los oficinistas prosiguen la rutina laboral hasta que algún día son devorados por serpientes que se deslizan entre archivadores y ordenadores: los salivazos espumosos detrás del cristal producen hormigueo vaginal a la aristócrata, quien también goza de palco reservado en los combates de gladiadores, en cuyos vestuarios los espera  luego para besar sus labios hinchados y lamer sus heridas.

venus-in-fursA todas estas mujeres les aqueja el mal de la melancolía, un hastío vital que solo vencen cuando se abisman en placeres morbosos, en perversiones extremas.

El aspecto más interesante de La venus de las pieles no es el masoquismo de él, sino el modo en que esa sumisión incondicional va despertando paulatinamente en Wanda una pulsión sádica que acaba escapando a su propio control, un instinto soterrado que quizás no hubiera alumbrado nunca pero que, espoleado por el deseo masculino, alcanza una fuera irresistible que llena todo mi ser, causándome un goce extremo.

Por ello entendemos a la musa de Sacher-Masoch más que a las herederas de  Báthory, porque Wanda se ha limitado a convertirse en el ideal femenino anhelado por su amado.

 Anna Adell

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