Sangre, de Artemio Narro

La historia del arte occidental nos ha acostumbrado a consumir violencia a través del tamiz de la narración: heroísmo y apocalipsis, martirios y éxtasis religiosos, o cruentos asesinatos barnizados de leyenda mítica. La muerte y el dolor han sido sistemáticamente sublimados por la experiencia estética, transformando el sufrimiento ajeno en goce contemplativo.

La guerra (Otto Dix)

Es el refinamiento gore de nuestra cultura, que Artemio Narro desnuda en su serie pictórica Sangre. En ella confronta al espectador con el fantasma de su propio morbo al despojar de literatura visual a distintas obras maestras atravesadas por la violencia. Borra cadáveres y soldados, espacios domésticos y paisajes, espadas y fusiles, dejando solo las manchas rojas de sangre en sus proporciones y coordenadas originales sobre fondos blancos del tamaño exacto de cada pintura que toma como modelo.

Al mapear esas huellas del crimen en pinturas emblemáticas de Goya, Rembrandt, Andrea Mantegna, Frida Kalho, Manet y Otto Dix, entre muchos otros, somete la historia de la pintura occidental a un escáner médico. Ya no vemos el porqué ni el cómo de la herida; solo el residuo puro y clínico del trauma.

Buey desollado (Rembrandt)

Aunque las composiciones abstractas en rojo sobre blanco son visualmente lo opuesto a la placa oscura de una resonancia magnética, lo primero que pensé al observar esos lienzos de depurada belleza fue en un escáner cerebral. El escáner oscurece el tejido sano y aísla las lesiones. Los rastros de la turbulencia fisiológica, sus dimensiones y localización, quedan grabadas en la placa magnética y brillan con intensidad contrastada. Mirando la placa no sabemos nada del paciente. Solo vemos las huellas de las sacudidas padecidas en el curso del tiempo. Artemio aplica un filtro clínico similar para aislar la onda expansiva; blanquea la carne del cuadro (la épica, el mito) para que la herida brille por contraste. La identidad, la autoría del modelo, es borrada. Solo queda el diagnóstico infalible de nuestra hambre de espectáculo.

En medicina, la ubicación exacta de la lesión en el cerebro lo es todo. Si la mancha está en el nervio óptico, el paciente pierde visión; si está en el cerebelo, pierde el equilibrio. El mapa espacial del daño explica la disfunción. Las salpicaduras de Artemio son topográficas: trazan la neuroanatomía de nuestra cultura. Nos muestra dónde, cómo y con qué frecuencia Occidente decide que la violencia es digna de ser representada. Pero somos nosotros, los espectadores, los que debemos ver esas relaciones y extraer un diagnóstico, colocándonos ante el lienzo como el médico ante una placa a contraluz.

Barco de esclavos (J.M. W. Turner)

La belleza y el horror son los lenguajes con los que el arte nos aturde o anestesia, según sea su intención: la sobresaturación grotesca para representar la guerra total (El tríptico de la guerra, Otto Dix), la belleza mórbida del mártir asaetado (San Sebastián, Andrea Mantegna), la experiencia sublime ante un mar tan embravecido que casi no vemos a los esclavos sacrificados (El barco de esclavos, Turner). Artemio nos invita a sustraernos por un momento de la retórica empleada para despertar nuestra empatía o conmoción. Ante sus abstracciones, solo vemos punciones aisladas. Y así, con nuestra mente anegada en un blanco sin anclaje, las manchas aisladas empiezan a hablar unas con otras y a configurar constelaciones de sentido, expandiéndose como una esclerosis múltiple o infección masiva en la historia de la cultura.

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San Sebastián (Andrea Mantegna)

Como si fueran láminas de Rorschach a gran escala, nuestro cerebro hace el esfuerzo de rellenar el vacío a partir de las manchas. Pero sabemos de antemano de qué arsenal se nutren, por lo que, como pacientes traumatizados por pasados irresueltos, proyectamos en ellas las ansiedades y fijaciones que resultan de un consumo excesivo de obras de arte.

texto de Anna Adell

La exposición Sangre de Artemio Narro puede verse en la galería SELTZ, Barcelona

hasta el 30 de agosto de 2026

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